Agente Naranja, la Guerra de Vietnam aún no ha terminado (I parte)

Según los libros de historia, este año se cumplen 40 años del final de la Guerra de Vietnam.

Pero yo soy de lo que opinan como el fotoperiodista Gervasio Sánchez:
«Una guerra no termina hasta que no terminan sus consecuencias».
Si esto es así, nadie sabe cuando acabará la Guerra de Vietnam. Es imposible. Nadie sabe cuando dejarán de nacer niños deformados debido a los productos químicos que se lanzaron durante la guerra.

Llegué a ese país por primera vez en Julio del 2011. Viajaba con un amigo escritor, José Luis López, y estábamos en medio de un viaje de varios meses por el sudeste asiático con la intención de documentar algunas historias que nos parecían interesantes. Acabábamos de salir de Camboya, habíamos estado fotografiando a familias viviendo en un basurero llamado Steung Meanchey y gente a las que el gobierno les había quitado la casa y se habían tenido que ir a vivir a las afueras de Phnom Penh, a un sitio bautizado como Andong.

Y habíamos leído que en Vietnam había muchos enfermos mentales, quizás debido a los productos químicos que se habían lanzado durante la Guerra de Vietnam. Nos pareció una idea interesante para documentar. Él escribiría y yo haría las fotos, el tándem perfecto.

Llegamos a Saigon y empezamos a buscar información, a preguntar a gente y a mandar emails. Pronto nos dimos cuenta de que los propios vietnamitas no tenían ni idea de lo que les hablábamos, sobre todo los más jóvenes. Siempre era complicado mantener una conversación sobre la guerra. Al principio pensamos que debido a la barrera idiomática era difícil entendernos, ya que muy pocos vietnamitas hablan inglés, después creíamos que era porque querían olvidar ese pasado tan cruento y se hacían los suecos, pero también teníamos la sensación de que no nos mentían, se les veía muchas veces en los ojos que realmente sabían muy poco sobre la guerra que había pasado en su propio país.

Al final conseguimos un nombre, Tu Dú. Era un hospital en Saigon. Nos dijeron que allí había una zona llamada Peace Village (aldea de la paz), donde cuidaban de niños que nacían con problemas físicos o psicológicos y que eran abandonados por sus padres.

También nos hablaron por primera vez de algo que lamentablemente se ha convertido en una parte de mi vida: Agente Naranja.

El día antes de llegarnos a la Peace Village estuvimos viendo vídeos de gente que había estado de voluntarios en esa zona del hospital, y nos quedamos horrorizados: no eran simplemente niños autistas o con síndrome de Down, como habíamos pensado. Estuvimos viendo imágenes de lo que parecía ser una película macabra de terror, con niños amarrados en camas de hospital, algunos sin brazos, otros sin piernas, casi todos con deformaciones que ni la mente más enferma de Hollywood hubiera podido imaginar. ¿Pero qué coño era esto?

Al día siguiente fuimos al hospital y preguntamos por la Peace Village. Al llegar allí nos dijeron que para hacer fotos había que tener un permiso que nosotros no teníamos. Nos dijeron donde conseguirlo y allí fuimos. De allí nos mandaron a otro edificio, y de ese a otro diferente. Nos estuvimos recorriendo Saigon durante horas, buscando un permiso que nadie parecía tener. Finalmente, un soldado nos impidió pasar al último edificio donde nos habían mandado. Lo intentamos de todas formas, pero fue imposible. El chaval no sabía nada de inglés y simplemente nos decía que no podíamos pasar, le dijéramos lo que le dijéramos. En medio de la pelea, un chico vietnamita que pasaba por allí nos intentó ayudar, explicándole lo que queríamos al soldado, pero nada. Allí no podía entrar nadie. El chico vivía en Estados Unidos, por eso sabía inglés. Cuando le contamos que llevábamos varias horas recorriendo la ciudad buscando un papel y que nos llevaban de un lado a otro, sonrió y nos dijo: «Welcome to Vietnam!»

Cansados, sudando por cada poro de nuestra piel, y abatidos, nos fuimos al hospital de nuevo decididos a jugar nuestra última carta.

Cuando llegamos de nuevo a la Peace Village nos volvieron a preguntar por el permiso. Les dijimos:

– Sí, hemos estado donde nos habéis dicho. Nos han dicho que no hay problema, que podemos hacer fotos.

– ¿Y no os han dado el permiso escrito? – nos preguntó la enfermera.

– No, nos han dicho que no hace falta. Que ellos nos dan el permiso, pero que no hace falta ponerlo por escrito. Eso es lo que nos han dicho, literalmente.

Joder, lo sé, nuestra última carta era una mierda. ¿Quién se iba a tragar eso? Estábamos seguros de que no íbamos a poder entrar.

Pero nos equivocamos. Ni siquiera se lo pensó. La enfermera dijo con una sonrisa: «OK», y nos mandó seguirla.

Subimos a una segunda planta. El pasillo donde estaban las habitaciones de los niños estaba cerrado con una verja. Nadie podía entrar ni salir de allí.

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Había 5 habitaciones, donde los niños estaban distribuidos por edades y sexo, desde los recién nacidos hasta los mayores, de 18 años. Entramos en la primera y la realidad nos pegó en la cara con fuerza. Ahora ya no estábamos viendo vídeos, ya no parecía una película. Estábamos dentro del documental, éramos parte de él.

A nuestro alrededor decenas de niños con deformaciones inimaginables: uno sin ojos, otro con la cabeza inmensa y llena de úlceras, otro con piernas y brazos retorcidos, rostros desfigurados….

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El Agente Naranja es considerado el producto químico más dañino jamás creado por el hombre. El ejército americano lo utilizó para eliminar la selva vietnamita, donde su enemigo se movía como pez en el agua, y así intentar tomar ventaja. Mataba absolutamente todo.

El veneno invadió ríos, se metió en la tierra, y no sólo afectó directamente a mucha gente, provocando quemaduras y miles de casos de cáncer. También afectó a los descendientes, a las nuevas generaciones, convirtiendo en monstruos a bebés que han estado naciendo durante 40 años y que nada tienen que ver con esa guerra. Decenas de niños nacen cada día en Vietnam con deformaciones físicas inimaginables y /o enfermedades mentales, a lo largo de todo el país, desde Hanoi a Saigon, de norte a sur. Y lo peor de todo es que nadie sabe cuando parará. No hay manera de saber si algún día dejarán de nacer tantos niños así, si algún día desaparecerá el maldito Agente Naranja. Además, puede que los padres estén aparentemente sanos pero alguno de sus hijos nazca mal. O que nazcan sanos pero en algún momento de su vida aparezca una extraña enfermedad, o empiecen a retorcerse sus extremidades, aparte de los numerosos casos de cáncer y leucemia en la población infantil vietnamita.

¿Por qué nadie sabe esto? ¿Por qué esto no sale en las noticias? ¿Por qué no se estudia en las clases de historia? 

Ese primer día, allí haciendo fotos en esas 5 habitaciones llenas de niños que nadie quería ver, fue lo que me repetí a mí mismo una y otra vez para poder seguir apretando el botón de mi cámara. Para intentar hacer callar las voces de mi cabeza que me preguntaban: ¿Qué coño haces aquí? ¿Por qué estás haciendo estas fotos? ¿Por qué le estas quitando la intimidad a estos niños? ¿Crees que son monos de feria? ¿Crees que tienes derecho a mostrarlos al mundo como monstruos?

Después de un rato dando vueltas por allí, los niños que se podían mover se pegaron a nosotros y nos pidieron que les hiciéramos fotos. Se pusieron a posar con sus amigos, haciendo con sus dedos la V de victoria. Muchos casi no podían, tenían los dedos deformados o simplemente no tenían dedos, pero aún así sonreían. Cuando me pidieron ver las fotos, me negué. Estaba sobrepasado por la situación. Pensé que los niños en realidad no sabían cómo eran, que a lo mejor ellos pensaban que tenían un aspecto normal, que nunca se habían visto en una foto, y que quizás el verse les pudiera ocasionar un trauma brutal.

Insistieron, y yo seguí negándome. Después de un rato, no pude negarme más, tragué saliva y giré mi cámara para que pudieran verse.

Se reconocieron, y se rieron. Empezaron a llamar a todos para que pudieran ver sus fotos. Bromeaban, jugaban y se reían. Como cualquier niño del mundo, como unos niños normales y corrientes. Daba igual lo que parecían: no eran unos monstruos, seguían siendo niños.

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Después de un par de horas haciendo fotos y tomando notas salimos de allí. Necesitábamos aire y unas cuantas cervezas. No hablamos mucho ese día.

Después de eso estuvimos durante un mes recorriendo Vietnam de sur a norte, hasta Hanoi, y visitamos varios centros más. Es curioso, pero los que nos pusieron más pegas fueron los centros gestionados por extranjeros, que nunca permitieron que hiciéramos fotos. ¿No es la fotografía una manera de luchar por esta injusticia, una manera de que todo el mundo sepa lo que está pasando? Para los occidentales, cada vez más, la fotografía parece ocasionarnos más problemas que soluciones. No queremos que nadie haga fotos a nuestros hijos, y sin embargo subimos sin problema fotos y vídeos de ellos a facebook y otras redes sociales, donde cualquiera puede verlas o incluso descargarlas.

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¿Cómo es posible que algo así no sea más conocido?

Nuestra intención con estas fotos es precisamente esa, dar a conocer un hecho que, según nuestra lógica, todo el planeta debería saber. Me impactó tanto esta historia y se ha metido tan dentro de mí, que quise transmitir a todo el que viera mis fotos esa dureza retratando deliberadamente las deformaciones, sin esconderlas, sin dignificar a las víctimas. Quise que la gente sintiera ese puñetazo en la cara que sentí yo cuando entré por primera vez en las habitaciones de esos niños abandonados por sus familias. ¿Servirá para algo? ¿Sirve para algo la fotografía? ¿Puede hacer que algunas cosas cambien?

Muy poca gente ha escuchado hablar del Agente Naranja. Yo hasta que no llegué a Vietnam y me enfrenté a ello no tenía ni idea. Ahora al menos tú que estás leyendo esto sabrás lo que ha pasado en Vietnam, lo que sigue pasando cada día. Sabrás que cada día siguen naciendo en un país lejano y exótico decenas de niños con deformaciones inimaginables, consecuencia de una guerra que, según dicen los libros de historia, terminó hace justo 40 años.

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4 Respuestas to “Agente Naranja, la Guerra de Vietnam aún no ha terminado (I parte)”

  1. El que lea el artículo y te conozca, como en mi caso, te estará escuchando decir las palabras que va leyendo, con tu voz, tu tono, con esa capacidad que tienes para emocionar sin emocionarte. Yo aún recuerdo aquella entrevista en la que nos hablaste por primera vez de tus viajes por Vietnam, por eso sé del agente naranja, por eso sabía que el artículo iba a ser duro. Lo que no esperaba era empezar a leer un libro de aventuras y terminar leyendo una historia de horror. Gracias por compartir esa experiencia, aunque ahora te envidie más que antes.
    Yo no consigo no emocionarme cuando veo las fotos. Siempre que las veo (y se que las tienes más duras), en ellas percibo esas vivencias que relatas. Es muy importante conocer esas vivencias, pues conociéndolas, las fotos dejan de ser simples imágenes de monstruosidades lejanas, como de otro mundo y pasan a ser vidas, vívidas y sufridas, por personas, por niños. ¡Maldito cabrón desorejado! Vuelves a emocionarme hasta el llanto. Gracias. Es un articulazo, como otros tantos de los tuyos.

  2. Brutal, me ha puesto los pelos de punta. Se debería mover esta información por los medios de comunicación.

  3. Este año he estado en Vietnam el País de las sonrisas. En el museo de la guerra en Hi Chi Ming o Saigón donde se exponen las fotografías terribles de los efectos del gas naranja había un grupo de afectados que vendían lo que hacían algunas manualidades. Pero lo más terrible estaba por ocurrir de camino a un Mausoleo a las afueras de Hanoi de la nada entre la selva apareció una mujer joven con un niño adolescente totalmente deforme entre los brazos pidiendo ayuda económica, el guía nos dijo que el Estado les daba ayuda. Ayuda? En un paraje inhóspito sin medidas sanitarias? Como criar a una criatura enferma allí. Ayudé lo que pude, nunca lo suficiente, lo sé. Por eso comprendo lo que sentiste y que lo sepa el mundo es vital.

  4. Patricio Hernández Huéscar enero 5, 2023 at 16:32

    Ya había visto fotos de el agente naranja y el napalm. No he podido contener las lágrimas. ¿Cómo puede ser el ser humano tan hijoputa?

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